Mi escalofriante experiencia al creer que tenía coronavirus

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Hace unos días sufrí de una fuerte infección de garganta. “Suerte la mía de haberme enfermado en tiempos como estos”, pensaba. Con el incremento del número de infectados por COVID-19, también aumenta el temor de su propagación. En Gainesville, una ciudad con más de 134.000 habitantes de las cuales 65.000 estudiamos o trabajamos en la Universidad de la Florida, si estás presentando algún síntoma del virus eres inmediatamente examinado para saber si lo tienes o no. Mi grave amigdalitis me llevó a pasar una noche con altas temperaturas y un fuerte malestar. Lo primero que hice en la mañana fue contactar a la enfermería de la universidad, en donde curso mi pregrado en comunicación, y pedir una cita. Ese mismo día en la tarde llegué a hacerme revisar por profesionales junto con mi amiga, Sofía, quien había presentado síntomas similares esa noche. En este punto de la pandemia, deseábamos estar lo más saludable posible. 

Cuando llegamos a la enfermería, yo estaba un poco relajada. No creía tener el virus, solo una simple infección de garganta. Pero las preocupaciones incrementaron rápidamente. Fuimos recibidas en la entrada del edificio por dos mujeres quienes desde dos metros de distancia nos hacían preguntas individualmente y anotaban en un papel.

Mientras esperaba a la doctora en el consultorio para que me hiciera la prueba del COVID-19, decidí recostarme en la camilla porque sentía que se me iban las luces a causa de la fiebre.

 

“¿Ha viajado en los últimos 14 días?”

“¿Ha tenido contacto con alguien que haya viajado en los últimos 14 días?”

“¿Ha tenido fiebre, tos o dificultad para respirar?”

 

Las mujeres lanzaban una pregunta tras otra, mientras que mis nervios no me dejaban responder a la velocidad que ellas querían. En mi cabeza resonaba el hecho de que Sofía había llegado de Nueva York 13 días antes y yo fui quien la recogió de la parada del bus. Ese estado ya presenta casi 100.000 infectados y 2.500 muertes por el virus. Por lo mismo, cualquier persona que haya estado en Nueva York recientemente y presente algún síntoma, debe ser examinado. Esto mismo nos dijeron las mujeres en la entrada de la enfermería. Con eso justificaban el porqué nos llevaban a la parte trasera del edificio. Antes de pasarnos a un consultorio, me midieron la temperatura: 101.4 grados Fahrenheit, lo que significa que tenía fiebre. La enfermera inmediatamente dibujó un círculo grande en un papel, indicando mi temperatura, el cual más adelante debía entregarle a la doctora.

Al ser dirigida hacia un cuarto, recibí una llamada de la doctora por teléfono en la que me preguntaba acerca de mis síntomas y otra información relevante antes de la consulta en persona. Pocos minutos después de colgar, la doctora Kirsty Freshwater entró por la puerta con un traje que la cubría toda -incluyendo sus extremidades-, guantes y tapabocas. Inmediatamente me comenzó a hacer los exámenes de rutina: me tomó el pulso, escuchó mis pulmones, midió mi presión y revisó mis amígdalas con una linterna. Me confirmó que sí tenía una infección en la garganta y que como tuve fiebre y contacto con alguien que había estado en Nueva York, también debía hacerme el examen de COVID-19. Procedió a entregarme un pañuelo para soplar desde la nariz sin limpiarme y luego me insertó un palo por una fosa nasal. “Y por el otro lado, ya que es tan divertido”, dijo la doctora Freshwater sarcásticamente. Este procedimiento es uno de los más aterradores que he tenido. El palo de seis pulgadas de largo, casi como un iPhone XS, y debe ser insertado hasta el fondo para tocar la nasofaringe. Yo lo sentía en la garganta y las lágrimas corrían involuntariamente por mi rostro. 

La doctora luego puso el palo en un tubo con un líquido transparente y lo entregó a una enfermera. “Aquí está un examen de COVID”, dijo la doctora. En ese momento ya habían llegado muchas más preocupaciones a mi cabeza. Me habían pedido el número de la persona con la que vivo para informarle en el caso de resultar positivo y empecé a pensar en qué haría si los resultados salían positivos. La doctora me hizo las últimas preguntas y me sugirió que me lavara las manos antes de salir del consultorio. Según Ingrid Londoño, enfermera registrada, “lavarse las manos es una gran forma de prevenir el virus, gracias a que estaría desinfectandose en el caso de haber tenido contacto con el virus”. Al terminar de escuchar las indicaciones de la doctora me dirigí hacia la puerta, donde me entregaron un Gatorade. Supongo que fue gracias a mi cara de preocupación. Mientras me devolvía a casa, hable por teléfono con Sofía y ella compartió una historia similar. También le informé sobre el examen a mi familia que está en Miami y a mis amigos cercanos. En la enfermería me dijeron que la respuesta la recibiría entre uno y tres días, así que debía permanecer en cuarentena mientras recibía los resultados. 

Mis amígdalas apenas me permitían hablar, así que tenía poca motivación para salir de casa. Estaba a la espera de esa llamada que definiría muchas cosas para mí de ese momento en adelante. Desde el primer caso en el condado de Alachua, en donde está ubicada Gainesville, los números de contagiados no han dejado de subir. El 10 de marzo se confirmó el primer caso en el condado y ahora van más de 100. Por más ocupada que estaba con mis cinco clases virtuales y el cumplimiento de sus trabajos, no dejaba de ver el número de casos incrementar día a día en los reportes. El día de mi examen había solo 37 casos, pero estos números aumentaban al pasar las horas. Estuve esperando la llamada dos días completos, pensando si iba a pasar a engrosar las cifras oficiales. 

En estos largos días, una amiga que vive conmigo no pudo ir al trabajo ya que pudo haberse contagiado. Mis noches eran eternas y mi apetito disminuía cada vez más. Aproveché esas largas horas para hacerme cargo de mis clases y reflexionar sobre la gravedad de la situación. Días antes de enfermarme, había estado compartiendo en una reunión con más de 20 personas. En medio de una pandemia, esto era lo último que debía estar haciendo. 

“Para prevenir que este virus llegue a más gente, es importante el aislamiento social”, insistió Paula Trujillo, estudiante de 21 años. “Por eso yo llevo 16 días en casa sin ver a nadie más que mis padres y mi hermana menor”.

Cuando llegó la llamada, yo ya estaba preparada para asumir cualquier tipo de compromiso con mi salud y la de la gente a mi alrededor. “Tu exámen para COVID-19 dio negativo”, dijo la doctora Kirsty al otro lado de la línea. Al escuchar la noticia, mi rostro volvió a su color natural y dejé de contener la respiración. Entendí lo serio que se estaba tomando este tema y las medidas que debía tomar de ahora en adelante para cuidar mi salud y la de la gente que me rodea. Hasta el momento, se han examinado a más de 1.800 personas en el condado de Alachua y más de 1.700 han resultado negativos para el virus. Al ver a tanta gente preocupada por si mi resultado salía positivo, entendí la responsabilidad que tengo como portadora de un virus. 

La Florida es uno de los estados con más contagiados, por lo mismo es importante seguir las reglas que están siendo impuestas por el gobierno para prevenir la propagación del virus. La nación se encuentra con más de 200,000 contagiados, según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades, CDC por sus siglas en inglés. “Depende de los ciudadanos tomar métodos preventivos para que estos números no continúen creciendo”, agregó Ingrid. 

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